viernes, noviembre 16, 2007
lunes, agosto 06, 2007
Uno
Me he vuelto solitario y sólo quiero cerveza.
Algo me dice que terminaré como Homero en un bar cerca de mi casa.
O bien, quizás sólo me vuelva escritor de tercera y cineasta de quinta.
Me han salido amigos y amigas de la nada y cuando algo de la nada sale, es porque algo se está haciendo mejor.
Tengo problemas para escribir mi nombre, así que si comentan aquí, por favor, escríbanlo, quiero recordar si me llamo Lagarto o Gustavo, para no unir ambos nombres, me siento perseguido, a veces.
lunes, julio 30, 2007
Todo se ha vuelto tan difícil como escribir acentos en las consonantes...
sábado, julio 21, 2007
Ola asesina, Parte VII
—Honestamente no he visto pasar un vehículo como el que describe, señor, pero permítame ayudarle a encontrarlo desde aquí— le respondió a Goulier casi bajando la voz el oscuro hombre mientras dirigía su mano al radio identificador.
—No necesito tu ayuda…— en ese instante sacó su revólver dorado y lo apuntó en el robusto costado izquierdo del guardia— Necesito que cierres la boca, me des tu arma, tus esposas y te quedes sentado en el suelo mientras hablo con tu jefe, te guste o no, porque a partir de ahora tu silencio me pertenece, así que cuídalo, pues este revólver hace mucho ruido— le dijo casi al oído al hombre que sintió el sudor en su frente como orina de niño recién nacido: tibia y olorosa.
Goulier le apretó las esposas sin dejar espacio entre la piel y el metal, le selló los labios con el radio identificador y lo ató por la nuca con un puñado de ligas que usan para fajar billetes, le palmeó la mejilla derecha mientras le sonreía austeramente y se dirigió a la puerta. Cuando estuvo frente a ella, se asomó por el ojo espía. Del otro lado del agujero cristalizado, Cadesla apuntó con su artefacto al ojo espía con tal desdén que no pudo pronunciar sonido alguno, así que disparó apenas una bala. Detrás de la puerta, un sonido triste atravesó también hacia el extremo donde Cadesla apretaba su mirada… Goulier miró el ojo de una bala sobre su ojo, la mano izquierda de Cadesla no vio venir la nuez dorada que escupió el revólver de Raymundo. Ambos hombres no entendían a qué le habían disparado…
Goulier quedó derribado en los primeros escalones que sostenían la puerta. Cadesla gritó el mismo sonido que su hermano había pronunciado apenas minutos antes. Volvió a asomarse por el ojo espía. En el suelo vio lo que parecía un revólver dorado, invadido por la desesperación abrió la puerta y vio a Goulier intentando recuperar su ojo derecho que descansaba bajo la bala del arma de Cadesla.
—Cadesla… Eres un idiota…— le dijo Goulier al hombre de traje negro, mientras intentaba acariciar su revólver, pero no podía.
—Lamento lo de tu ojo, Goulier, está por amanecer y tengo que buscar a mi amada, te dejo las llaves del vehículo que buscas, te dejo este pañuelo amarillo para que te limpies la sangre, pero no me pidas que hablemos de algo cuando estás en el suelo— le contestó sarcásticamente al coronel, quien, además de triste, pudo llorar, al menos sangre, al menos sal.
En ese momento, un rugido vino desde abajo de la casona, Gail extrajo las llaves de una Hummer H3 blanca, Cadesla se quedó quieto.
La noche tuvo problemas para volver.
domingo, junio 03, 2007
El final
Escuché la tierra moverse por el frenado de las llantas de un automóvil afuera de mi casa. El sol había dejado caer una pizca de luz en mi cara inmóvil por el ronroneo del gato que había vuelto a la cama en no sé qué momento. Me miraba a los ojos cuando me incorporaba hacia la ventana para ver quien ponía sus zapatos en mi jardín: era un policía alto y moreno, con unos papeles en la mano.Rápidamente agarré mi bata de dormir y me percaté del cuerpo pálido de una señorita en mi cama. Su cara tenía dos moretones, una gota seca de sangre y uno de sus senos estaba mordido y sin pezón. Tenía un lunar en su pubis rasurado y sus nalgas aún tenían las marcas de nalgadas. Se veía intacta a pesar de estar muerta. Bebí agua. El gato aún me miraba.
Bajé rascándome los ojos con los nudillos de las manos. Cuando iba a abrir la puerta sonó el timbre. Abrí.
—Buenos días, señor…
—Gallardo, me apellido Gallardo— interrumpí al sudado oficial.
—Sí, a usted es al que busco— me dijo apretando apenas una sonrisa.
—¿En qué le puedo servir, oficial?— me volví a rascar los ojos con los nudillos restándole importancia a su visita.
—Busco a la señorita Sofía Caleri, me han informado que la vieron con usted apenas esta noche y lleva 13 horas desaparecida— me enseñó una fotografía de ella, se veía distinta ahí, como viva— ¿la reconoce?
—Sí sé quién es oficial, la vi anoche y fui a dejarla a su casa— y era cierto, ella vino sola después a la mía.
—¿Me puede ofrecer un vaso con agua, por favor?— me dijo poniendo un pie en mi casa.
—Ya está adentro, pase, le traeré una Coca-Cola, es todo lo que tomo— me hice a un lado y esperé a se sentara en mi sofá rojo junto al televisor blanco.
Fui al frigorífico, saqué dos latas escarchadas y las vertí en un vaso de vidrio. El oficial se veía inquieto. Él sabía algo que cambiaría el aleteo de la mosca que se dirigía apenas hacia mi rostro y que pude evadir con una manazo duro, lanzándola apenas unos 20 centímetros para que pudiera incorporar el vuelo hacia otro lado.
—¿Le ofrezco algo más?— asentí la cabeza como mesero de cantina pordiosera.
—Sí, muéstreme ese gato que tiene una mancha peculiar en su pelaje— señalo con el dedo y después bebió con placer del vaso el líquido. Una gota me escurrió de la oreja.
—Ese gato llegó herido aquí, si a eso se refiere— trataba de persuadirlo sin éxito alguno, él me ganaba la apuesta de la mentira.
Se incorporó y me hizo a un lado con su caminar pausado. Cuando se dirigía hacia arriba, le arrojé mi vaso a la cabeza justo cuando el volteaba a ver mi acción y le reventé la frente. La sangre se confundió apenas con la Coca-Cola. Corrí para atraparlo y mantenerlo amaestrado como los perros. El gato salió corriendo. Le di un puñetazo en la cara que lo dejó inconsciente.
Subí por el cadáver de Sofía (el oficial vino a confirmarme que sí era Sofía y cogía espléndidamente), pero ya no estaba… Me invadió de terror mirar hacia la ventana y verla en cunclillas mirándome a los ojos con sus iris de lama y sus senos corroídos. El viento empezó a soplar, se veía muy pálida, casi transparente cuando el sol le pegaba en el rostro.
—Sofía…— balbuceé mientras me desvanecía junto a la cama y me debilitaba el sólo verla desnuda y flácida.
Se aventó quedando moldeada en la tierra fértil de mi jardín a la afueras de la ciudad. Del árbol cayó una manzana verde y golpeó justamente en el parabrisas de la patrulla. Me quité la bata quedando desnudo. Me lancé por la manzana y cuando estuve a punto de pegar contra el cuerpo de Sofía, desperté.
Estabas a mi lado, dormida y caliente haciendo un ronquido. Me levanté a la ventana. Aún era de noche.
Dicen que te soñado, pero no sé quién eres, no eres Sofía…
martes, mayo 22, 2007
La mitad
Tras mi ventana mediana podía ver el jardín externo de mi vecino. Recordé que cada vez que salía a correr, me decía que mi corte de pelo era muy simpático, pues ese mechón que dejaba en la parte de atrás le parecía un ataque de rebeldía tardía y un soplo breve por acercarse al adolescente que alguna vez fui. A veces pensaba que mi vecino llevaba tiempo sin fornicar con su joven novia que aún vivía con su padrastro. Me repugnaba la idea de mirar un jardín que se cuidaba solo y que parecía tumba de flores (a veces pensaba que los humanos teníamos un complejo de flora al querer ser enterrados y condicionar nuestra alma a perecer también en un costoso ataúd que sólo servía para adornar la fachada del hogar que tuvimos alguna vez tú y yo); era probable que las flores no me gustaran, por eso terminaba regalándole ramos caros para que pudiera considerar el estatus de amor que le daba al no entregarle más que el efímero olor fresco de un pétalo desnudo y sobrio: sucede que darle flores era similar a darle nueces o uvas en la boca, pero nunca lo entendió.
Un olor intenso invadió la mitad de mis fosas nasales antes de estornudar para no reconocer lo que era. Volteé los ojos para cerciorarme de que mi complejo de detective privado era sólo eso y que no olía a lo que pensaba, pero fue inútil. La mitad de su cuerpo carecía de luz y la otra mitad estaba empañada de sangre. Estaba desnuda.
—¿Quién te querría muerta, Sofía, a esta hora?— me pregunté mientras notaba mi lenta erección y dos condones anudados en el buró junto a mi cenicero verde.
No sabía quien podía haberle hecho esto. Ella cogía espléndidamente: sus caderas se movían como los veleros cuando rompen las olas, en movimientos lentos, pero caros, en gemidos cortos, pero sensatos. Nadie pudo haberle matado sin darle duraznos y violetas. A ella le gustaba que la llevaran al cine como a todas las putas que conocí en calle Alquitrán, pero prefería llegar temprano para darle de comer al gato y darme de cenar el último sándwich de pollo.
Al instante recordé algo: ella no estaba desnuda ni cogía espléndidamente, ni yo fumaba habanos ni se llamaba Sofía, sólo era mi puta de Alquitrán que siempre soñé.
jueves, mayo 03, 2007
El principio
Yo no tenía nada en mi cuarto: nada. Lo más patético que podías comer eran unas papas rancias que habían sobrado de la última noche que me visitaste. Aún escuchabas la misma canción y yo seguía embobado con mirar la TV mientras te cambiabas de ropa (eso pensabas). Si alguien te hubiera visto desvestirte, me hubiera preguntado la hora y no tu nombre: eras el mismísimo tiempo, plano, durado y simple. Durabas lo mismo que un rato.
Te gustaba hurgar entre mi ropa, decías que si encontrabas condones era porque seguro los había comprado el día anterior y que la caducidad no tenía algo que ver con el uso tardío. Nunca te dabas cuenta que esos condones los llevabas contigo a donde fuera, pensando que la fiesta estaba en tu ombligo y no contigo. Te perdiste tus fiestas, señorita.
Yo era más joven que tú, por no decir menos viejo. Tu cuerpo sugería unos treinta años, aunque dicen los especialistas que el tamaño de tus piernas era el mismo o poco menos que el de tus brazos, que no eras larga ni corta, sólo te habías ajustados a mi cuerpo. Nadie podía negar que te gustaban mis besos, que los buscabas tanto como el ciego busca el pan a la medianoche, o como el hambriento busca sus lentes negros al medio día. Nadie podía negarte, ¿a quién podías negártele si eras el mismo acierto de lo prohibido? Aquél que se atrevía a hablarte de caricias, terminaba bajo la cama, asustado, mordiéndose las uñas. Eras el pez bajo el agua, la pecera y el emigrante. Tu caricia se parecía al invierno, a pesar de todo quemaba, a pesar de todo hervía. Jamás entendí qué quería decir la cicatriz en tu ingle, jamás entendí qué significaba el moretón en tu brazo o la sugestiva mordida en tus pantorrillas, me era complicado jurar en vano arrodillado en tus muslos finos, me era difícil pensar que podía perderte sin haberte tenido.
Una vez llegaste tarde, casi amanecía, casi. Mis amigos solían decir que las mujeres despertaban con el gallo, tú despertaste al gallo. Traías la ropa rasgada, las manos húmedas, un cigarro entre los labios y el corazón herido. Encendí a tientas la luz de mi cuarto: de tus dedos escurría la tinta interior, el néctar de lo desconocido. Llorabas. Tus ojos estaban negros y de la nada se hicieron sólo párpados. No sé qué tenías sujetado, introducido en tu espalda.
Cuando desperté, ya no estabas.
Dicen que te he soñado.
